miércoles, 6 de diciembre de 2017


TRATADO.


Altos hornos

El libro es uno de los objetos más raros de los inventados por el hombre, ya que no reproduce ninguna parte de su anatomía. Las grúas, los automóviles, los cajeros automáticos, las licuadoras, los armarios, están hechos a imagen y semejanza nuestra o de una parte de nosotros. Pero el libro parece un artefacto traído de otro mundo, no ya por la rareza de que no sea asimilable al cuerpo humano ni a ninguna de sus vísceras, sino porque aúna lo enormemente complejo con lo desmedidamente simple. En efecto, nada es más fácil de manejar que un volumen. Carece de secretos de fabricación y sus averías mecánicas pueden ser reparadas por un niño. Sin embargo, es un generador de realidad que funciona las veinticuatro horas del día siete días a la semana, como los altos hornos. En este mismo instante hay miles, quizá millones de personas, leyendo un libro, del que copiarán un comportamiento sentimental, una receta de cocina, una idea política, un mueble para el cuarto de estar, un método para superar la timidez o una expresión de lástima para acudir al tanatorio. A diferencia de las grandes industrias, sin embargo, puede actuar indistintamente en la habitación de un hotel o en la sala de una biblioteca pública; en un vagón de metro o entre las sábanas de una cama sin hacer. Lo que le caracteriza, en fin, es su capacidad para escupir realidad a presión, o por un tubo, pues incluso cuando de entre sus páginas salen materiales inexistentes, éstos no tardan en corporeizarse debido a las extraordinarias propiedades de la tinta. Véanse las novelas de Verne en general, pero también Drácula, Frankenstein, El doctor Jekyll y mister Hyde, El retrato de Dorian Gray o La metamorfosis. 
Gran parte de la realidad conocida, pues, ha escapado de los libros. Déjenlo bien cerrado cuando lo abandonen sobre la mesilla de noche.

Juan José Millás.